Vacuidad

El profesor García Landa hace referencia a la vacuidad en forma de siesta española comentando a mi anterior post. En cierta forma tiene razón, pero yo me refería más bien a este otro estado descrito en este texto -es que yo soy de ciencias puras-, en el que cualquiera, aunque no sea de ciencias, puede entender lo que quiero decir.
Este tema, relacionado con los parques de arena famosos que utilizan los monjes zen para meditar y vaciarse, creo recordar, que fue muy bien comentado en su día por el psicólogo Luis Muiño en su extraordinario blog que nos hablaba sobre toda clase de mentes y fenómenos humanos. Es una pena que ya no se pueda ver el texto sobre la vacuidad zen.
"Ceder es conservarse íntegro,
doblarse es enderezarse,
estar vacío es llenarse"
De un maestro Zen.
El siguiente texto habla de la vacuidad en el budismo zen. Para los que quieran aprender y entretenerse un rato... Muy recomendable. Y para los que quieran también saber por qué me gustan las espirales... como las que tienen los caballitos de mar en su extremo.
Vacío
La vacuidad nonata ha soltado los extremos del existir y no—existir. Es, por lo tanto, el mismo centro y el camino medio. La vacuidad es el camino que recorre la persona centrada.
—Tsongkhapa
Toma una pluma. Quítale la tapa y pregúntate: ¿Es esto todavía una pluma?” Si, por supuesto—aunque una sin tapa. Desenrosca la parte de arriba del cuerpo, quítale el repuesto de tinta, y vuélvelo a enroscar. ¿Es una pluma? Si, casi. ¿El repuesto es una pluma? No, es sólo el repuesto—aunque podría funcionar como pluma, a diferencia del cuerpo vacío. Separa las dos partes del cuerpo. ¿Son cada una de ellas una pluma? No, definitivamente. De ninguna manera.
¿Qué pasa con una cosa al desarmarla? ¿Cuándo cesan (o empiezan) las componentes a ser pluma? ¿Cuando empieza a dejar de ser plátano el plátano que te estás comiendo? ¿Cuándo la masa de arcilla en el torno empieza a ser una vasija? Nombres y conceptos sugieren que hay objetos en el mundo tan bien definidos hasta el último detalle como ellos mismos. Plumas, plátanos y vasijas son cosas evidentes, instantáneamente reconocibles. Pero al examinarlas con cuidado esa certeza empieza a vacilar. Las cosas no están tan bien definidas como parecen. No están rodeadas ni separadas unas de otras por líneas. Las líneas son creadas por la mente. No hay líneas en la naturaleza.
Siéntate en un silla, cierra tus ojos y escucha atentamente a la lluvia. ¿Dónde acaba su sonido y empieza tu audición de él? ¿Dónde, si es por eso, terminan tus asentaderas y comienza la silla? Aunque conceptualmente el sonido de la lluvia es tan diferente de mi audición de él como mis asentaderas lo son de la silla, como experiencia es imposible distinguirlos en forma absoluta. La lluvia se confunde con su audición; las asentaderas se confunden con la silla.
Considera un bulbo de narciso enterrado durante todo el invierno. Cuando el tiempo empieza a ser más cálido, comienza a brotar. Si llueve suficientemente, no hiela y nadie lo pisa, una mañana exclamarás: “¡Mira! los narcisos están afuera.” Pero, ¿el brote dejó repentinamente de ser un brote y en su lugar apareció un narciso? El mismo problema: aunque un brote no es un narciso más de lo que un narciso es un brote, de alguna forma el brote llega a ser un narciso. La línea divisoria entre brote y narciso es una distinción conceptual y lingüística conveniente que no puede encontrarse en la naturaleza.
En este sentido, plumas, plátanos, vasijas, lluvia, audición, sillas, asentaderas, brotes y narcisos no tienen principio ni fin. No comienzan ni terminan. No nacen ni mueren. Emergen de una matriz de condiciones y a su vez forman parte de otra matriz de condiciones de lo que emerge otra cosa.
En la experiencia diaria, una cosa lleva a la otra. Me irrita algo que dijo S y termino queriendo pegarle. Me imagino ver una serpiente en el tinglado de alfarería y me pasmo de terror. Todo lo que pasa emerge de algo que lo precedió. Todo lo que hacemos ahora pasa a ser una condición para lo que es posible más tarde.
Podemos hablar de condiciones y consecuencias como si fueran cosas, pero de más cerca resultan ser procesos, sin realidad independiente. La dureza de un comentario hiriente que nos persigue por días no es más que un breve instante, aislado de un torrente de eventos. Sin embargo, para el ojo de la mente se destaca como algo intrínsecamente real y aparte. Este hábito de aislar cosas nos lleva a vivir en un mundo en el que los espacios entre ellas pasan a ser absolutos. La serpiente en el tinglado está realmente allí, tan bien diferenciada de la persona aterrada que la ve como de los fragmentos de cerámica descartada en los que se enrosca.
El agarrarnos a nosotros mismos y al mundo en esta forma es una condición previa para la angustia. Al considerar a las cosas como separadas en forma absoluta, así como deseables o detestables en sí mismas, nos damos la tarea de poseer algo que nunca tendremos y de erradicar algo que nunca estuvo allí. El notar cómo las cosas emergen de y se desvanecen en un flujo continuo de condiciones, nos libera un poco. Reconocemos cómo las cosas son relativamente, no absolutamente, deseables o detestables. Se enlazan e interactúan, cada una contingente de las otras, ninguna intrínsecamente separada del resto.
Lo que emerge en esta forma carece de identidad intrínseca: en otras palabras, las cosas están vacías. No son tan opacas y sólidas como parecen: son transparentes y fluidas. No son tan singulares y claras como parecen: son complejas y ambiguas. No están definidas por la filosofía, ciencia y religión: son evocadas a través de un juego de alusiones, paradojas y juegos. No pueden ser apuntaladas con certeza: desencadenan perplejidad, asombro y duda.
Esto también es cierto para cada uno de nosotros. Tal y como el ceramista forma la vasija en el torno, así configuro mi personalidad a partir del barro de la existencia. La vasija no existe en sí misma: emerge de las interacciones del ceramista, el torno, la arcilla, su forma y su función (cada una de las cuales a su vez emergieron de las interacciones de sus causas y componentes, ad infinitum). No existe una vasija esencial a la que se adhieren sus atributos—del mismo modo que no hay un narciso esencial al que se adhieren el tallo, hojas, pétalos y estambre. Carecen de una identidad estampada como un número de serie en el corazón de su ser.
Así es con cada uno de nosotros. Soy más complejo que una vasija o un narciso, pero también he emergido de causas y estoy compuesto de rasgos diversos y cambiantes. No hay un ego esencial que existe fuera de esta configuración única de procesos biológicos y culturales. Aunque intelectualmente esté de acuerdo con esto, intuitivamente puede que no sea como me siento respecto de mí mismo. En todo caso, la práctica del dharma no se preocupa en probar o desmentir teorías sobre el ego, sino en entender y aflojar el agarrarse al egoísmo que restringe mi cuerpo, sentimientos y emociones, a una dura pepita de angustia.
Imagínate estar en una exposición de porcelana Ming atiborrada de gente. Alguien grita: “¡Eh! ¡Ladrón! ¡Alto!” Todos voltean y te miran. Aunque no has robado nada, la mirada furiosa de acusación y desaprobación provoca tu rubor. Estás parado y tan expuesto como si estuvieras desnudo. Tu—o más bien la pepita apretada de la angustia—dice bruscamente “¡No fui yo! lo juro”
Es como si este ego—que no es más que una configuración de contingencias pasadas y presentes—ha sido cocido en el horno de la angustia para emerger como algo fijo. Fijo pero frágil. Cuánto más precioso es para mí, más lo debo cuidar de ataques. Las circunstancias en las que me encuentro cómodo son cada vez más angostas y limitadas.
La auto–consciencia es al mismo tiempo un de los hechos más obvios y centrales de mi vida y uno de los más elusivos. Si me busco al meditar, me siento como persiguiendo mi propia sombra. Trato de alcanzarla, y no hay nada. Reaparece en otra parte. Lo vislumbro en la esquina del ojo de mi mente, volteo, y se ha ido. Cada vez que creo haberla apuntalado, resulta ser otra cosa: una sensación corporal, un humor, una percepción, un impulso o una simple consciencia de sí mismo.
No puedo encontrar mi ego señalando con mi dedo a un rasgo físico o mental y diciendo: “Si, eso soy yo”. Porque esos rasgos van y vienen, mientras que el sentimiento de “yo” permanece constante. Pero tampoco puedo señalar con mi dedo a otra cosa que no sean estos rasgos los que—por efímeros y contingentes que sean—de todos modos me definen.
Puede que el ego no sea algo, pero tampoco es una nada. Simplemente es difícil de agarrarlo, encontrarlo. Soy quien soy no debido a un ego esencial escondido en el corazón de mi ser, sino por la matriz sin precedente e irrepetible de condiciones que me han formado. Cuanto más profundizo en el misterio de lo que soy (o el de que cualquier cosa es), más continuo avanzando. No hay punto final, sino una trayectoria infinita que evita caer en los extremos del existir o no–existir. Esta trayectoria no sólo es el centro, libre de esa dualidad, sino el propio camino central.
“La vacuidad”, dijo el filósofo tibetano Tsongkhapa en 1397, “es el camino en que se mueve la persona centrada”. La palabra que usa por camino es shul. Este término se define como “una impresión”: la marca que queda luego de lo que la hizo pasó—una pisada, por ejemplo. En otros contextos, se usa shul para describir el hueco rugoso que queda en la tierra donde hubo una casa, el canal formado en una roca por el agua, la marca en el pasto donde durmió un animal. Todos estos son shul: la impresión de algo que estuvo aquí.
Un camino es un shul porque es la impresión creada en la tierra por las pisadas, que lo han conservado libre de obstrucciones y mantenido para el uso de otros. En cuanto a shul, la vacuidad puede ser comparada con la impresión de algo que estuvo aquí. En este caso, la impresión está formada por todas las hendiduras, marcas y cicatrices dejadas por la turbulencia del anhelo egocéntrico. Al calmarse este alboroto, experimentamos tranquilidad, alivio y libertad.
Conocer el vacío no es tan sólo entender el concepto. Es como llegar a un claro en el bosque, donde repentinamente te puedes mover con libertad y ver con lucidez. Experimentar el vacío es sentir el golpe de la ausencia de lo que normalmente determina el sentido de lo que eres y el tipo de realidad que habitas. Puede durar sólo un momento, antes de que los hábitos de toda una vida regresen y retomen el poder. Pero durante ese momento nos vemos a nosotros mismos y al mundo como abiertos y vulnerables.
Este espacio calmado, libre, abierto y sensible está en el mero centro de la práctica del dharma. Es inmediato, inminente y dinámico. Es un camino, una huella. Nos da intimidad con el punto invisible al que convergen las líneas de nuestra vida. Permite el movimiento sin obstáculos. Y nos asegura que no estamos solos: implica una deuda con los que han recorrido este camino y una responsabilidad con los que seguirán.
“Vacuidad” es un término confuso. Aunque se usa como una palabra abstracta, de ninguna manera denota una cosa o estado abstracto. No es algo que “percibimos” en un momento de introspección mística que se “abre paso” hacia una realidad trascendente escondida debajo del mundo empírico y misteriosamente apuntalándolo. Tampoco las cosas “salen” del vacío y se “disuelven” luego en él como si fuera algún tipo de material cósmico y sin forma. Éstas son algunas de las formas en que la vacuidad ha sido utilizada como una metáfora de consuelo metafísico y religioso.
“Vacuidad” es un término escueto y poco atractivo utilizado para cortar el anhelo de tal consuelo. Sin embargo ha sido irónicamente usado al servicio de esos anhelos. Shunyata (vacío) ha sido escrito como “el Vacío” por traductores que no notaron el hecho de que el término no está precedido por el artículo definido (“el”) ni ensalzado por una mayúscula, ya que ambos están ausentes en las lenguas asiáticas clásicas. De aquí hay sólo un salto a igualar vacío con nociones metafísicas como “el Absoluto”, “la Verdad” o incluso “Dios”. La noción de vacío cae víctima del propio hábito mental que pretendía combatir.
El vacío carece tanto de una existencia intrínseca como una vasija, un plátano o un narciso. Si no hay vasijas, plátanos ni narcisos, tampoco habría vacío. El vacío no niega que existan esas cosas; solamente describe cómo carecen de una realidad intrínseca, separada. El vacío no está separado de las experiencias diarias; tiene sentido sólo en el contexto de hacer vasijas, comer plátanos y cultivar narcisos. Una vida centrada en la percepción del vacío es simplemente una forma adecuada de ser en esta realidad cambiante, chocante, dolorosa, alegre, frustrante, asombrosa, terca y ambigua. El vacío es el camino central que conduce no fuera de la realidad sino derecho a su propio corazón. Es la huella en la que la persona centrada se mueve.
Nosotros también somos la impresión dejada por algo que estuvo aquí. Hemos sido creados, moldeados y formados por una increíble matriz de contingencias que nos han precedido. Desde el ADN derivado de nuestros padres al disparo de cientos de miles de millones de neuronas en nuestro cerebro al condicionamiento histórico y cultural del siglo XX, a la educación y crianza que hemos recibido, a todas las experiencias que hemos tenido y todas las decisiones que hemos tomado: todos han conspirado para configurar la trayectoria única que culmina en el momento actual. Lo que hay aquí ahora es la impresión irrepetible dejada por todo eso, que nosotros llamamos “yo”. Sin embargo es tan vívida y llamativa esta imagen que confundimos lo que es una mera impresión con algo que existe independientemente de lo que lo formó.
¿Qué somos sino la historia que continuamente repetimos, editamos, censuramos y embellecemos en nuestras cabezas? El ego no es como un héroe de película, inmune a pasiones e intrigas que remolinean a su alrededor del principio al fin. El ego es más bien como los personajes complejos y ambiguos que emergen, se desarrollan y sufren a través de las páginas de una novela. No hay nada con propiedades de cosa en mi. Soy más como una narración en desarrollo.
A medida que nos damos cuenta de esto, podemos empezar a tomar más responsabilidad por el curso de nuestras vidas. En vez de agarrarnos de nuestro comportamiento habitual y rutinas como un modo de asegurar este sentimiento del ego, percibimos la libertad de crear lo que somos. En vez de asustarnos de las impresiones, empezamos a crearlas. En vez de tomarnos con demasiada seriedad, descubrimos la ironía alegre de un cuento que nunca ha sido narrado en exactamente esta manera.
"Budismo sin creencias"
por Stephen Batchelor
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Me imprimo el texto para leermelo luego. Tiene una pinta muy interesante!
Hester Prynne — 09-05-2006 18:16:13
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Sí que lo es, pero lo difícil es llevar a cabo ese proceso. Estamos tan ofuscados... Me encanta verte por aquí.
suiG a Hester — 09-05-2006 18:18:34
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Me gusta percibir la libertad de crear lo que soy.
Bonito blog. BiquiñosSr_Lobo — 10-05-2006 20:10:19
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Gracias. Crear es libertad, si no no se crea nada.
suiG a Sr_Lobo — 10-05-2006 20:40:21
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¡Ommm...! Humm...
Jose Angel — 11-05-2006 23:53:17
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Jose Ángel, lo suyo es la siesta, sin duda. A mí no se me da nada mal tampoco, que conste.
suiG — 12-05-2006 17:04:30
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Qué raro que me trate Vd. de usted, de profesor, etc... No recuerdo si nos ustedeábamos.
Jose Angel — 12-05-2006 17:32:29
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Ya ve, es que a veces me da la vena extraeducada, lo cual no quiere decir siempre que se sea más respetuoso, como mucha gente cree. Sólo es un aire educadito que me ha dado, no le de más vueltas, mañana lo mismo estoy llamándole Pepe Ángel, si no le molesta, claro.
suiG — 12-05-2006 17:45:03
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"¿Qué pasa con una cosa al desarmarla?...
El agarrarnos a nosotros mismos y al mundo en esta forma es una condición previa para la angustia...
Experimentar el vacío es sentir el golpe de la ausencia de lo realmete determina el sentido de lo que eres y el tipo de realidad que habitas...
Pero durante ese momento nos vemos a nosotros mismos y al mundo como abiertos y vulnerables..."
y "Es como llegar a un claro en el bosque, donde repentinamente te puedes mover con libertad y ver con lucidez"
No pude ver las estrellas pero... escucho la lluvia. GRACIASAndrea — 16-06-2006 00:03:06














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