Eduardo Galeano, los hijos de la nube, fuegos y desiertos
Anoche escuchaba en la radio al inigualable Eduardo Galeano hablando del problema saharaui, de los nadies, como dice él, porque no tienen nada, porque no son nadie, porque están olvidados... Son los poetas del desierto, los hijos de la nube en un país sin cielo.
Recordé el único contacto que he tenido con este pueblo. Yo era monitora de Cruz Roja en un campamento juvenil de verano, en el año 88, en Navarra, y junto a nuestro campamento había otro de niños saharauis con monitores de allí. Eran niños sonrientes, dulces, y recuerdo las veladas de todos los monitores juntos alrededor de un vasito de té que, por supuesto, preparaban ellos con el famoso rito de los tres tés. Recuerdo que era gente amigable, pacífica, resignada, hospitalaria, de hablar lento y pausado, sin prisa...
Otro recuerdo me viene. En mi casa, de niña, de vez en cuando miraba dentro de una cajita llena de fotos. Allí había muchos tesoros. Entre ellos unas fotos en blanco y negro de unos niños sucios en el desierto. Eran fotos que había hecho mi padre cuando hizo la mili en El Aaiun. Tengo que buscar esas fotos...
A ver, que me enrollo. La cosa es que Eduardo Galeano ha vuelto del Festival de Cine del Sáhara, donde ha ganado una película documental que tengo muchas ganas de ver desde hace tiempo y no sé si la encontraré: "La historia del camello que llora". Y ya que este documental es como una fábula, he escogido este cuento de Galeano que me gusta mucho...
El mundo
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
Eduardo Galeano se hacía también ayer una reflexión al hilo saharaui que yo me hago con frecuencia: ¿cómo es posible que se hagan ciertas barbaridades tan impunemente? ¿Cómo es posible que se roben países?














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