El trabajo nuestro de cada día
Hace poco comenté que no era una persona normal. Eso me recuerda el último artículo de Rosa Montero en el semanal de El País. El artículo se titula “Poquitas ideas y además repetidas”. Como resumen extraigo estos fragmentos:
“Aturullados por el egocentrismo, solemos creer que todos somos distintos. Que cada individuo sobre la Tierra es totalmente singular e irrepetible. Que uno mismo, sin ir más lejos, posee una fórmula personal única en la historia. De ahí, también la sensación de soledad metafísica que el ser humano padece.(...) Y la dificultad esencial para comunicarnos, porque nos parece que nunca habrá nadie que nos entienda del todo. Nos creemos la bomba, en fin, criaturas originales y complejas.
Sin embargo hay otro pensamiento que cada día adquiere más peso en mi cabeza y que viene a decir justo lo contrario: todos somos iguales. Y a medida que envejezco, más igual me parece esa igualdad.(...) Un investigador neozelandés ha propuesto un proyecto para cartografiar todas las ideas humanas posibles, y el hombre calcula que debe de haber unas 10.000 en total. Cielo santo, ya me lo sospechaba yo. Es más, me lo temía. Ya notaba yo que se me iban acabando las ideas. (...) Nos caben pocos pensamientos en el cráneo, y por lo general están repetidos”.
El tema gira en torno a algo de lo que me hablaron una vez unos sociólogos: la sociología de los grupos pequeños. En realidad entre los grupos de gente se repiten patrones y no somos tan originales como creemos, en cierto sentido.
Pero mi post no era para esto, es que me voy por las ramas. Hablaba yo de mi supuesta anormalidad. Supongo que sólo es una anormalidad de tantas entre tanta normalidad ilusoria.
A lo que voy. Continuamente en el trabajo, compañeros me dicen que cómo es posible que alguien como yo, con estudios superiores, se dedique a algo tan... (esto lo digo yo, aunque ellos lo piensan) degradante, frustrante, aburrido, monótono, alienante, coñazo,... y un sinfín de adjetivos más que, según parece, no están a la altura de tan cultivada persona. He de decir que mi trabajo consiste poco más o menos, para entendernos, en algo así como poner la capucha a miles de bolis bic durante 8 horas (menos una hora de descanso) en una fábrica muy fina, muy sofisticada. No es exactamente eso aunque explicarlo en detalle sería innecesario. En esa importante multinacional yo he hecho tareas mucho más difíciles y entretenidas y en mi vida laboral he realizado trabajos infinitamente más creativos, estresantes, interesantes y, por lo general, proporcionalmente pagados a la baja.
La frase con la que me abordan generalmente es: ¿No buscas nada de lo tuyo? ¿Cómo es que no trabajas de lo tuyo? Sí, lo único mío son unos cuantos títulos que dicen licenciada, master, experta, etc, etc., pero en realidad lo mío son las experiencias y conocimientos que guardo en la cabeza. Muchas veces me digo que lo único realmente útil, que no he olvidado nunca y que aprendí realmente en un aula fue leer y escribir.
La gente por lo general identifica estudios superiores con un buen trabajo, es decir, con ganar muuuucho dinero. En mi nivel de trabajo en esa empresa hay toda clase de licenciados e ingenieros haciendo tareas igualmente anodinas. Yo, después de hacer otras muchas cosas aquí, que implicaban usar más la neurona, conseguí hacerme con este puesto tan curioso. Me da la sensación de que la gente quiere estar entretenida en su trabajo para no tener que pensar en otras cosas, por eso no quieren hacer un trabajo aburrido.
Yo estoy encantada con mi trabajo, no sólo porque gano más que si trabajara de lo mío, sino porque me permite usar la neurona en cosas realmente interesantes y útiles para mí. Hago perfectamente mi trabajo y uso mi cabeza para pensar en mis cosas: más o menos interesantes, más o menos creativas. Vamos, 8 horas de relax. Las manos a una cosa y la cabeza a otra. Incluso, si quiero puedo parar para escribir algo y levantarme cuando quiera a charlar o a dar una vuelta.
Trabajar en lo que más te gusta puede que no sea más que una entelequia, o una suerte para la gente que tenga una verdadera y considerable vocación por algo. El asunto es que a mi me gustan muchas cosas, aunque no puedo hablar de vocación, y si alguna vez trabajé en ello no fue exactamente como lo pensé o no me permitía vivir de ello.
Así que opté por un trabajo tonto, bien pagado, que me permite pensar durante 8 horas en mil cosas. Casi se puede decir que esas horas son tiempo libre y utilizo el trabajo manual repetitivo como mantra para relajarme. Nada de estrés, todo el tiempo para mí, no usar mi cabeza para gilipolleces.
Y así estoy. Sólo dando esas pequeñas concesiones inevitables que se le dan a un trabajo, como el seguir un horario.
Allí también es interesante observar a la gente. Hay mucha gente. De todo tipo, aunque, como apuntaba Rosa Montero, repetidos, como en la sociología de los grupos pequeños. Una característica que me llama la atención es el afán de muchos por ser más que los demás, esto es, ser jefe. Jefecillo de mierda claro, porque ser realmente jefe está al alcance de muy pocos y de los más imbéciles. El caso es ser jefe, jefe de alguien. Y eso no quiere decir que ganes mucho más o que mejore tu calidad de vida, más bien al contrario, por lo menos en esta empresa. Un jefecillo de estos aquí es el que se come los marrones, el que se enfrenta a unos y a otros, el que se tiene que quedar más rato tratando de no contravenir al que está por encima, el que tiene disponibilidad absoluta y puede quedarse sin su tiempo libre o sin su fin de semana, porque sólo es eso: un jefecillo de mierda. Pero muchos creen que al ser jefe ya es empresario, ya está en el otro lado y tiene gente por debajo. Qué ingenuos. Normalmente ofrecen esos puestos a los más sumisos, a los que dicen siempre que sí, aunque les estén tomando el pelo a todas luces.
Yo simplemente hago mi trabajo cada día y me voy a mi casa sin más, a seguir haciendo mis cosillas.
Cuando trabajas en algo que te gusta mucho siempre dedicas demasiadas horas, tu vida gira sólo en torno a eso. Hay excepciones a todo pero yo no me puedo quejar. Tengo mucho tiempo libre y llego a fin de mes con desahogo dedicando mi tiempo a mil cosas que me gustan. ¿Tendría que ser más ambiciosa? ¿Soy rara por no querer prosperar en mi trabajo, por no querer ser jefa?
Este tema da mucho de si, pero tal vez siga otro día.
¿Alguien referenció esta musaraña?
URL para referenciasTambién en las musarañas...
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Es el poder (que realmente no es tal pero muchas personas lo ven así) lo que buscan esas personas, no se dan cuenta las implicaciones y responsabilidades que conlleva.
Que conste que no considero malo que alguien aspire (por los motivos que sean) a querer tener poder, autoridad o a crecer de manera vertical en una empresa. Lo importante - desde mi punto de vista - es tener libertad para elegir, para decidir que es lo que una quiere ser/estar en esta vida. Allá películas lo que quieran/dicen los demás.
Noxpan
noxpan — 06-02-2005 15:15:14
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No puedes imaginar cómo te entiendo.
Estoy hasta el gorro de que mi gente -el resto me da igual- me saque de vez en cuando el tema de cuándo me voy a decidir a dedicarme a "lo mío". Se supone que debo preparar "mis" oposiciones. Se supone que el trabajo que realizo ahora debe ser sólo temporal; que no podré realizarme; que me desperdicio...
Qué pesadita es la gente!athenealago — 23-09-2005 05:30:09














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